martes, 18 de junio de 2019

LA CONJURA DEL VINO. 1


Preámbulo



Hacía calor aún y el estío agonizaba en tardes cada vez más cortas. Desde lo más alto del promontorio de Capri, el mar aparecía como un inmenso lienzo sobre el cual, las velas de los barcos que surcaban el Mediterráneo refulgían como brillantes lorigas.
El sol todavía no se alzaba sobre el perfil de la isla. A medida que el cielo clareaba, el crepúsculo se abría como una grieta en el horizonte, a través de la cual penetraba la luz del sol tiñendo el cielo de ocres tonalidades. La luz del incipiente amanecer se colaba furtiva entre las copas de los árboles, incidiendo sobre las gotas de rocío y formando un arco iris fugaz.
Tiberio nadaba con la vista fija en el mosaico del fondo. Las teselas de vivos colores formaban un entramado geométrico que le conducía hasta el borde del frigidarium; Poseidón luchando a brazo partido contra un horripilante demonio marino. Salió del agua y caminó sobre la hierba húmeda hasta la pérgola situada en el centro del parterre. Sobre una mesa de mármol veteado, uno de los esclavos de la casa dispuso una jarra de vino, sirvió una copa y se la ofreció a su amo. Tiberio se tomó tiempo. Bebió con lentitud paladeando el caldo amargo que se le pegaba al velo del paladar. Cerró los ojos y se dejó llevar lejos de allí.





1


Como cada mañana, los miembros de la distintas facciones políticas Roma andaban revueltos. Los senadores se despellejaban mutuamente en improvisados actos públicos que llenaban el foro de discusiones y parlamentos. La dejación de Tiberio era la comidilla; el gobierno virtual, en manos del Prefecto del Pretorio, era cuestionado con acritud por aquellos que, ante la patente debilidad del emperador, pretendían devolver al Senado sus plenos poderes.
El joven Quinto Volusiano se internó en la calle de los tintoreros. El aroma de las esencias impregnaba las paredes y se mezclaba con el pestazo a efluvios humanos. Cualquiera diría que la urbe más poderosa del mundo olía a mierda y orines en su mayor parte. Caminó con firmeza, sin eludir a su paso los charcos pestilentes y apartando a todo el que se cruzaba en su camino. Por nada del mundo quería perderse la intervención de su mentor, el senador Lucio Severo.
Cuando por fin alcanzó la explanada del foro, la sesión en la Curia Hostilia había finalizado. Un grupo de senadores apareció en lo más alto de la escalinata que daba acceso al recinto senatorial. Discutían con aparente vehemencia, al tiempo que descendían. Quinto distinguió al que parecía llevar la voz cantante; se trataba de su preceptor en el cursus honorum, Lucio Severo. Se maldijo a si mismo por su torpeza de principiante. Una más en la interminable lista de faltas que se sumaban a diario a su currículo y que le restaban credibilidad a ojos del veterano senador. Quinto se aproximó al pie de la escalinata y se admiró de la presencia de Severo; vestía la toga praetexta con orgullo, a pesar de su avanzada edad, lo cual le señalaba como el destacado magistrado senatorial que era. ¿Llegaría algún día a emanar semejante dignidad?
Tal vez el Prefecto Sejano… comenzó a decir uno de los senadores de la comitiva.
De ninguna manera. No pienso recurrir a Sejano bajo ningún pretexto. En verdad, las noticias recibidas desde Capri acerca de la evolución de la supuesta enfermedad de Tiberio eran cada vez más preocupantes. Provenían la mayor parte de criados a sueldo de Severo, lo cual las convertía, como poco, en verdades a medias; todo el mundo sabe que el oro es poco amigo de la verdad. ¿Qué no estaría dispuesto a decir un esclavo con tal de engordar la bolsa? Severo necesitaba información de primera mano. Y la necesitaba con urgencia. Temía que los enemigos del César aprovecharan aquel momento de debilidad para obligarle a abdicar, o peor aún, para atentar contra su vida. Y sobre todo pensaba en Cayo Julio
República. Desde todos los órdenes del estado aquel era el murmullo que se deslizaba entre las columnas del foro, en los callejones de la Suburra, en los muelles de Ostia y Puteoli, alcanzando las provincias más lejanas. Un murmullo que se transformaba en grito en las gargantas e la plebe hambrienta. Y después estaba lo otro...Cayo Julio. Sin duda eran demasiadas preocupaciones para un hombre viejo como Severo. Necesitaba sangre joven y dispuesta. Sangre ambiciosa. La mejor sangre de Roma. Justo cuando más enfrascado estaba en sus reflexiones, cuando las voces del resto de senadores retumbaban en su cabeza como un eco lejano, la mirada de Severo se cruzó con la de un hombre menudo y pálido que le observaba desde una prudente distancia.
¡Querido Quinto Volusiano! ¿Cómo estás esta mañana? Te has perdido un debate de lo más emocionante. dijo Severo procurando enfatizar sus palabras como solo un senador de Roma es capaz de hacer. Quinto, abrumado por semejante demostración de afecto, se inclinó ante su preceptor.
Salve, Lucio Severo.
Vamos, vamos...deja las formalidades. ¿Te apetece acompañarnos a los baños públicos? La invitación de Severo sirvió de acicate para Quinto Volusiano, que ni en el mejor de los casos hubiera imaginado pasar unas horas retozando en las termas con lo más granado de la Curia Hostilia.
De camino a los baños públicos Severo puso al tanto al joven Volusiano de sus inquietudes. Que si Tiberio por aquí, que si Sejano por acá. Y lo peor de todo, Cayo Julio. A medida que caminaban Volusiano notaba que sus piernas le pesaban más y más, como preámbulo a la terrible responsabilidad que, más pronto que tarde, Severo haría recaer sobre su espalda.
En definitiva, Volusiano. Necesito un hombre dispuesto, casi un aventurero. La misión no es poca cosa. Según mis informantes, la villa de Tiberio poco menos que un antro de lenocinio. Hogar de proxenetas y viciosos. Dicen que el emperador se pasa el día retozando en los jardines, desnudo como su madre, que los dioses confundan a la pérfida Livia Drusila, le trajo al mundo. Hay mucho en juego, joven Volusiano. Una gran parte de la Curia Hostilia se manifiesta partidaria de regresar a los gloriosos tiempos de la república. Sin embargo, unos pocos, conspiran para prolongar este despropósito en la figura de… carraspeó y pronunció el nombre en voz bajaCayo Julio...ya sabes, el hijo de Germánico. ¿Cómo no iba a saber Volusiano de quién hablaba Severo? El nombre del joven al que todos en Roma llamaban Caligula andaba de boca en boca por toda Roma y no precisamente para bien.
Entonces, joven Volusiano, ¿estás dispuesto a dar un paso adelante en tu prometedora carrera en Roma? Necesitamos sangre joven. La mejor sangre de Roma. repitió sus propias palabras en voz alta y ni siquiera así consiguió convencerse de que aquella era la mejor opción. No obstante, no quedaba otra. Nadie más estaría dispuesto a enfrentarse al poder del Prefecto del Pretorio o a la locura de Cayo Julio. Demasiados enemigos y demasiado poderosos. Solo un joven como Volusiano, con escasa proyección, estaría dispuesto a jugársela el todo por el todo.
¿Prometedora carrera…? se atrevió a preguntar Volusiano, mientras un esclavo le frotaba la espalda. La lúbrica sensación de abandono le propició el plus de audacia necesario para hacer aquella pregunta. Severo interrumpió al esclavo que se ocupaba de moldear sus nalgas en aquel instante. Al final, Volusiano se iba a resultar el tonto útil que parecía ser.
Bueno, poco a poco, Quinto Volusiano. El año que viene podría promocionar tu nombre como aspirante a edil. Es buen cargo para iniciar tu carrera política. Sobre todo teniendo en cuenta que no eres más que un triste cuestor en los muelles de Puteoli. ¿Cuántos años deberías pasar ocupando ese cargo hasta poder aspirar a la magistratura que te ofrezco? La oferta de Severo tomaba por fin forma. Edil de Roma. No estaba mal, nada mal.
Esta bien, acepto. ¿Qué tengo que hacer? Una sonrisa cínica se deslizó en los labios de Severo.
Iras a Capri. Yo me encargaré de que tu nombre esté en la lista del próximo barco que zarpe para la isla. Para camuflarte mejor irás infiltrado en la comitiva de Cestio Gallo, un conocido proxeneta que surte a la casa de Tiberio de...bueno...ya sabes de que. Una vez allí tendrás que empaparte de todo. ¿Quien lleva la voz cantante? ¿Cómo se encuentra el emperador? ¿Quién se encarga de la seguridad? Sobre todo me interesan esos supuestos delirios que afectan a Tiberio. En fin, de todo cuanto sea menester. Regresarás a Roma con la comitiva de Cestio Gallo y me informarás a mi personalmente. ¿Lo has entendido?
Mientras Severo hablaba, el rostro de Quinto Volusiano cambiaba de color. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca, a pesar de la humedad que reinaba en el ambiente. En menudo lío se había metido.