domingo, 10 de septiembre de 2017

EL VINO DE TIBERIO. PREÁMBULO

PREAMBULO


Los farallones de piedra caliza destacaban sobre la superficie del mar, emergiendo de las aguas como titanes. El sol despuntaba al Este y la luz del incipiente amanecer se colaba furtiva entre las copas de los árboles; al incidir en las gotas del rocío mañanero, formaban un arco iris fugaz que se desvanecía al poco sobre la cubierta de agujas de pino.
El emperador contempló con ojos extasiados la lluvia de gotas luminosas que se caía sobre él. Como si despertara tras un sueño interrumpido, ocultó el rostro entre las manos y lloró.

Tiberio nadaba con la vista fija en el mosaico del fondo. Las teselas de vivos colores formaban un entramado geométrico que le conducía hasta el borde del frigidarium: Poseidón luchando a brazo partido contra un horripilante demonio marino. Salió del agua y caminó hacia la pérgola situada en el centro del jardín. Al caminar sentía el tacto rugoso y cálido de la hierba bajo sus pies. Un esclavo escanció una copa de vino y la depositó sobre una mesa de mármol, tras lo cual se alojó silencioso. Tiberio bebió con lentitud, tomándose el tiempo suficiente para paladear el caldo. Un caldo amargo que se le pegaba al velo del paladar. Torció el gesto disgustado y escupió el vino.