jueves, 18 de octubre de 2018

CRÓNICAS ASTÚRICAS I. La Caída del Reino


CRÓNICAS ASTÚRICAS

Pelagio y Gundesvinto, Primer Volumen.

LA CAÍDA DEL REINO.





1.-





La noche se cernía sobre la Ciudad Regia de Toletum. El cortejo se fundía con la trémula luz de los pasillos, camino a los aposentos reales. Los estrechos ventanales apenas conseguían atrapar retazos de la noche que ya envolvía los Montes de Toletum.

El obispo Oppas encabezaba la comitiva en silencio. El aroma dulzón del incienso impregnaba los muros y se pegaba a las gargantas. Un tétrico eco de oraciones retumbaba por toda la fortaleza.

Los miembros más destacados del Oficio Palatino custodiaban el acceso a los aposentos reales. Oppas distinguió entre ellos al Comes Requesindo, fiel a su señor hasta el final. Devastado por el dolor, apenas podía esbozar un hálito de entereza ante el desenlace final.

—Luctuoso trance el que nos reúne al fin. —Requesindo asintió con el gesto crispado por el llanto contenido.

—¡Abrid paso! —La voz del sayón vibró como un trueno. Goznes y bisagras chirriaron y el pesado portón se abrió dando paso a las estancias del rey.

La reina, acompañada por sus damas principales, guardaba la vigilia de Witiza. El rey moribundo y tonsurado a expensas de recibir los sagrados óleos, advirtió la presencia del clérigo y la comitiva fúnebre y alargó la mano. La reina se quebró en un aullido de dolor inconsolable. Las plañideras reales la siguieron, a cada cual más sentida pro la muerte del rey, cuando no por la irreparable pérdida de prebendas que para ellas suponía su muerte. El prelado las fulminó con la mirada. ¿Cuántos bastardos reales habrían albergado aquellos vientres agradecidos? El rey lascivo estaba a punto de morir.

— ¡Guardad silencio! ¿Acaso no estás avisado? ¿O es que quizá duermen tus sentidos en esta trascendental hora? Ha llegado el momento; no demores más la partida.

Witiza acogió sus pensamientos con una enigmática sonrisa; miró a su alrededor y quedó complacido. De repente sufrió un acceso de tos y escupió sangre. Irregulares trazos carmesí salpicaron el blanco manto de armiño que cubría su decrépito cuerpo, maltratado sin piedad por la enfermedad.

Alargó la mano de nuevo, esta vez hacia la penumbra de la estancia, como si deseara aferrarse al hilo invisible que aún lo ligaba al mundo de los vivos. Al final, con una misteriosa expresión de placidez en el rostro, expiró.

El viejo rey Witiza había muerto, y las sombras se cernían de nuevo sobre Toletum, como antaño…como las negras alas de un pájaro de mal agüero. Igual que un oscuro presagio.



El obispo Oppas escanció una copa de vino y se la llevó a los labios. Bebió con lentitud, saboreando el caldo con los ojos cerrados. Un galgo dormitaba en uno de los ángulos de la estancia. A advertir la presencia del clérigo se irguió y se aproximó con pereza, para recostarse a los pies de Oppas gruñendo con gratitud.

—¿Qué pensamientos te abruman, Requesindo? —Oppas adivinó la presencia del Comes del Oficio Palatino, oculto entre los cortinajes que revestían los muros.

—Bien lo sabes: Akhila. Los nobles de Tarraco y La Cartaginenses apoyan su candidatura. Sin embargo...donde todos veis un rey, yo solo veo un joven impetuoso que ha perdido a su padre. No está preparado. —afirmó sin ocultar su inquietud.

—Todos somos meros instrumentos de la voluntad de Dios Nuestro Señor. Mañana enviaré heraldos a todas las provincias y ciudades del reino. Urge convocar el Aula Regia. Debes confiar.

—Confío...no te quepa duda. No obstante, juré proteger la vida de Akhila a toda costa y a fe mía que cumpliré con mi palabra...aunque me cueste la vida. Temo que Akhila se convierta en una marioneta en manos de los nobles… —Requesindo encontró la manera de confiar sus temores a Oppas. El obispo torció el gesto en una mueca imperceptible. Su semblante fulguró un instante a la luz de la lumbre.

—Continúa con la misión que se te ha encomendado: proteger a Akhila. Deja que yo me ocupe de la política. —Oppas paladeo el vino, con la mirada perdida en un enjambre de volutas incandescentes crepitando entre las ascuas del hogar.



El pájaro osciló en el cielo con un suave vaivén, a merced de la brisa. Abajo, en la tierra, un mar de olivos se extendía hasta la línea del horizonte. El llano ondeaba entre colinas, para ascender de forma abrupta en un promontorio terroso culminado por una edificación amurallada.

La paloma zureó sobre las almenas y se posó con elegancia en el palomar. El muchacho maniobró con delicadeza y extraño un canuto atada a una de sus patas. Una vez culminada con éxito su misión emprendió una atropellada carrera escaleras abajo, a lo largo de la espiral que recorría la base de la torre. Una vez en el patio se plantó frente al señor de Cástulo. El joven resollaba con dificultad y apenas podía mantenerse erguido.

Witerico era poco más que un bruto. Perplejo, dedicó una mirada curiosa al canuto que el muchacho sostenía entre las manos. Poco versado en letras, apenas si podía distinguir alguno de aquellos latinajos. Él era un hombre de armas, no un escribano. Procuró disimular la incomodidad que le producía aquella situación y le habló a su asistente de forma airada.

—Lee.

El asistente de Witerico era un anciano esclavo de origen griego. A pesar de su condición, en Cástulo gozaba de todo el libre albedrío que podía desear; sobre todo gracias al aprecio que Witerico mostraba por sus cualidades intelectuales. Paulus sostuvo el pergamino extendido ante sus ojos y se demoró unos segundos.

—Domine, aquí dice que el rey Witiza ha muerto. Se convoca el Aula Regia Plena en Toletum. Será en el plazo de un mes. —el asistente contuvo como pudo sus emociones. Miró al suelo y esperó con paciencia la reacción de su señor, el cual parecía haberse quedado petrificado. —Domine… —insistió. —El Dux debe saberlo cuanto antes. —Se atrevió a sugerir por fin. Witerico reaccionó de forma aturrullada.

—¡Qué preparen mi montura! ¡Rápido! —exclamó preso de la excitación. —Paulus, dispón todo lo necesario para el viaje. Te vienes conmigo a Córduba y quién sabe...quizá después a Toletum. —Una sonrisa, preñada de esperanzas ocultas, se deslizó en los labios de Paulus. El buen Dios le permití ver una vez más los muros de Toletum. Por fin tenía una oportunidad para abandonar aquel injusto destierra.

Al momento se armó un enorme revuelo en la plaza. Los criados de las caballerizas se apresuraban a cumplir las órdenes del señor, mientras Paulus se desgañitaba dando órdenes a diestro y siniestro.

Las jornadas de caza del Dux eran extenuantes y solían prolongarse desde bien temprano, hasta el crepúsculo. Aquel día estaba siendo de lo más fructífero. El Dux estaba de buen humor.

Roderico se separó del resto de la partida para internarse en una arboleda cercana. El cerro, coronado de quejigos y olivos, servía de escondrijo a la presa que más ansiaba cazar.

Siguió el rastro hasta un calvero.

—¿Dónde os ocultáis, mi señora? —Una risa nerviosa desveló el escondite, entre la maleza.

Desmontó y se rió a carcajadas, a sabiendas de que la pieza ya no tenía escapatoria.

De entre las jaras surgió la figura de una joven. Con fingido arrobo procuró recomponer sus vestiduras. El pálido erotismo de su rostro, enmarcado por una cabellera rojiza que se derramaba insolente sobre sus hombros desnudos, nubló por un momento los sentidos de Roderico.

—Mi señor...os lo pido por caridad. No toméis por la fuerza lo que mi voluntad está dispuesta a entregar. —suplicó, aunque el brillo lascivo en la mirada de la cortesana ya había desatado el ímpetu del Dux. Se abalanzó sobre la presa y se arrojó sobre ella.

La tomó tantas veces como pudo. Ni siquiera el frío de castigo que azotaba la dehesa aquella mañana pudo contener el desenfreno de Roderico, acuciado por la tersura de los pequeños senos de la doncella, cuyos húmedos pezones brillaban como diamantes de rocío.

El soldado permaneció impertérrito, mientras el Dux consumaba el beneficio amatorio de su conquista, no fuera que la interrupción despertara la cólera de su señor.

Roderico ahíto de sexo, se irguió cuan largo era, con las vergüenzas al aire. Sintió ganas de orinar y aflojó la vejiga sin pudor.

—¿A qué esperáis? Volved junto a vuestra señora. Pronto os echará en falta. Daos prisa, no sea que de esta caigáis en desgracia. —apuntó a modo de desaire, mientras se ajustaba los calzones a la cintura. Ya no era tan joven, aunque conservaba un torso envidiable pese al evidente aumento de peso.

Cansado de esperar, el soldado carraspeó para hacerse valer. El Dux se giró sobresaltado.

—¿Quién anda ahí?

—Mi señor. Ha llegado un emisario desde Castulo. Trae noticias de la Ciudad Regia. —anunció el soldado dándose a conocer.

—¿...de Toletum?

—Sí, mi señor. —El Dux se recompuso a toda velocidad y saltó a lomos del corcel. Espoleó con furia al animal y salió del quejigal a galope tendido.



Egilona aguardaba a su esposo recostada en un sitial. Rodeada por sus damas y los miembros de la escolta esperaba al pie de un altozano, a la sombra de un olivo de aspecto centenario. La vida en la provincia sureña del reino se había tornado lánguida y aburrida. Su marido no era amigo de los banquetes, ni de los bailes y siempre parecía malhumorado, como expectante ante un suceso que no terminaba de ocurrir. La joven cortesana apareció de improviso. Lo incierto de su actitud y el ligero rubor que todavía encendía sus mejillas despertaron al punto las suspicacias de la esposa del Dux. Como en cada ocasión en que su señor asaltaba virtudes ajenas, prefirió hacer de tripas corazón. Esbozó su mejor semblante y aguardó la llegada de un grupo de jinetes que ya se adivinaba en lontananza.

Roderico desmontó con agilidad y se inclinó ante su esposa con forzada elegancia.

—¡Cuánto esplendor desprende vuestro semblante en esta jornada! Se diría que competís en brillo son el sol que nos alumbra. —Egilona aceptó el cumplido con disimulado agrado, lo cual no pasó desapercibido para el Dux. Este tomo asiento junto a ella, procurando no hacerle demasiado caso. Estaba deseando conocer las noticias procedentes de la Ciudad Regia. —¡Adelante ese emisario! Estoy deseando conocer los nuevos deseos del rey lascivo. —Roderico solía referirse al rey Witiza por su apodo, sin guardar la mínima compostura. La mayoría de los miembros de su séquito en Córduba pertenecían al círculo cerrado de confianza del clan de Chindasvinto, con lo cual se sentía a salvo de posibles traiciones.

Witerico se adelantó y se presentó.

—Mi nombre es Witerico, de la sangre baltinga, Comes de Castulo. —empleó la fórmula habitual, rodilla en tierra y esperó a que el Dux le diera permiso para incorporarse.

—Y bien… ¿De qué se trata esta vez? —refunfuñó Roderico, cada vez más impaciente.

—Witiza ha muerto, mi señor. Al tiempo que daba la noticia, extrajo de entre las ropas el canuto con el documento y se lo ofreció a Roderico. Sin embargo, El Dux, estupefacto, parecía incapaz de reaccionar. Egilona le tomó de la mano y, muy despacio, le susurró al oído.

—Esposo, reacciona. Todo el mundo te está mirando.

El Dux de La Bética guardó silencio durante unos instantes. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Por un momento dejó que su mirada se perdiera en la lejanía, en la monótona cúpula celeste que se extendía sobre la dehesa, como si buscara la sombra de una atalaya lejana. Una torre perdida en mitad de la nada.

sábado, 6 de octubre de 2018

LA ISLA


 Las olas son movimientos ondulatorios del agua provocados por la fricción del viento; es éste un hecho científico constatado, más allá de la poesía, más allá del rumor y del tacto viscoso de las algas bajo mis pies. 
     Al igual que las personas, dependiendo de las circunstancias del entorno, las olas varían su conducta: pueden ser suaves como las caricias de una mujer o violentas como la pasión más vil. En éste punto he llegado a la conclusión de que las olas son mera poesía. No sé si debo tomar nota de mis percepciones de forma tan clara; alguien podría pensar que estoy rematadamente loco. 
     Los rayos del sol inciden de forma oblicua sobre el reflejo metálico del mar. Las diminutas partículas de agua que quedan en suspensión forman un entramado de colores. Un dibujo en continuo movimiento. 
     Desde mi posición, el “Albatros” se divisa como una imagen difusa e irreal. Forma parte del pasado; el agradable crujido de su tablazón y el vaivén sobre cubierta, al compás de un rítmico dos por dos, son tan sólo una impresión pretérita en mi memoria.   
     En algún sitio leí que Marco Polo los llamo “antropófagos con cara de perro”, quizás en la Enciclopedia Británica. Es evidente que Marco Polo tenía más de poeta que de científico. Tal vez jamás pusiera un pie en esta orilla, tal vez jamás divisara desde lo alto del trinquete el contorno pacífico de esta isla. 

     Llevamos dos meses en la playa. Nada más arribar el capitán Edgar Orly ordenó fondear el falucho frente a la costa; las provisiones habían empezado a escasear y algunos miembros de la tripulación estaban afectados por el escorbuto.
     Después de comprobar la derrota del rumbo y las cartas de navegación, Orly aseguró que nos encontrábamos en algún punto entre el cabo de Negrais y el extremo Norte de Sumatra.

     Los isleños nos han recibido con suspicacia; cualquiera sabe el recuerdo que guardan de los blancos en los anales de su historia. Físicamente presentan pocas diferencias con otros indígenas de las islas que salpican las aguas del Índico; son delgados, de piel oscura y pelo rizado. Además gozan del privilegio de la inocencia, ya que parecen estar exentos de pudor alguno. Tanto hombres como mujeres van desnudos y no hay, o al menos yo no los he visto, niños. ¿Están condenados a la extinción? Puede ser, a fin de cuentas hoy estamos aquí y mañana no.
      La playa es una frontera y a la vez un lugar de encuentro. Una raya en el agua. Inapreciable. 
     Orly es un hombre adusto, aunque de buen corazón. Sabe que dependemos del carácter afable de los indígenas para sobrevivir, pero no quiere que los hombres se dejen embaucar por sus costumbres. Varios marineros han sido recluidos en la bodega del falucho por congeniar con mujeres. El pecado de la carne no existe entre estas gentes; sus hembras son extrovertidas y alegres.
      El recuerdo de la frágil Emily se hace patente a cada instante; la palidez de su rostro, enmarcado por una cabellera azabache, me cohíbe y atenaza. Recuerdo levemente una tarde nubosa; el predio del reverendo Lynch, limitado por muros de piedra vista salpicadas de musgo amarillento, acogiendo a las señoras del pueblo de Berwyn. Bizcocho y té frío para sobrellevar el sofoco de la primavera galesa. Hace calor y humedad. El deseo es un instinto que galopa a lomos de la abstinencia. La presencia de la joven hija del reverendo me hostiga continuamente. 
     Tras muchas reticencias, y ante la necesidad de recolectar los alimentos necesarios para contener el avance del escorbuto, Orly me ha permitido cruzar la frontera. La idea de internarme en la isla me inquieta y a la vez me provoca una gran emoción. El instinto adormilado del científico se abre paso desechando las ínfulas del poeta, que sin duda prefiere permanecer en la playa desvelando las incógnitas que preñan el aire salado.
     El interior de la isla es boscoso; el perfil se vuelve airado a medida que avanzamos y los escarpes se elevan por encima de las copas de los árboles, mostrando una faz desolada no desvelada hasta el momento.   Esta claro que la vida de los indígenas se mantiene en equilibrio con el medio. No tienen armas, ni ofensivas ni defensivas. Los únicos utensilios que alcanzo a distinguir son los que emplean para cazar, pescar o recolectar frutos: cerbatanas, pértigas, nasas y unas curiosas ristras de anzuelos que sujetan a su cintura mientras recorren la orilla.

     El río Afon Dyfien  discurre pacífico entre alisos y sauces llorones. Al contrario que los ríos del Norte, en los que prolifera el salmón, es un río truchero. Pequeñas estelas, como lorigas plateadas trazando surcos en el lecho, bailotean entre las piedras del fondo. Berwyn es un pueblo de pescadores; la joven Emily disfruta de una tarde de picnic mientras me debato en franca competencia con varios vecinos. Todos ellos son más avezados que yo; el Támesis no es la mejor escuela para aprender a pescar truchas. Nos saluda agitando la mano con indolencia; el movimiento describe un enigma antiguo como el tiempo; sin saber porqué arrojo el sedal con violencia. ¡Plop!, y el anzuelo se sumerge en las aguas prístinas del río. 

     El efecto Föhn determina que cuando una corriente de aire choca con un relieve se eleva por la ladera de barlovento, para descender luego por la de sotavento. Al subir el aire se va enfriando, lo que produce precipitaciones. El aire descendente, sin humedad, es cálido y desecante. 
     Al alcanzar la cima del collado, unos seiscientos metros a ojo de buen cubero, los hombres están derrengados. Desde lo alto se puede divisar la pequeña bahía que acoge al “Albatros” y la inmensidad que nos separa del mundo. Me siento pequeño. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, tengo miedo.
     Del otro lado el perfil se suaviza, el rostro agreste de la isla se transforma en un herbazal salpicado de chozas y empalizadas. La tierra parcelada me traslada al páramo galés. No quiero recordar, ahora no. 
     Descendemos a lo largo de un sendero de tierra rojiza, surcado por encrucijadas que parecen aventadas a los cuatro puntos cardinales de la isla. En cada una de ellas observo estelas funerarias rodeadas de flores amarillas. Imagino un origen noble en las mismas; a menudo el valor de las personas se pierde enterrado entre sus propios huesos. ¿Es tal vez un vestigio de religión? ¿Amaran a Dios estos salvajes? Y si es así, ¿son hijos de nuestro Dios? 
     Niños. No hay niños; no puedo evitar discurrir al respecto. Hay mujeres jóvenes en edad fértil y los hombres, aparentemente, son fuertes y sanos.
     El jefe de la aldea es un hombre enjuto y correoso. Me llama la atención el perfecto alineamiento de sus dientes y el brillo verdoso de sus ojos. Nos recibe en una especie de plaza circular y, si no he entendido mal sus gestos, nos invita a comer. Miro hacia atrás; la orografía oculta la bahía. Orly y los demás nos esperan, quizás les inquiete nuestra tardanza. O tal vez no. 

     La parroquia al completo se reúne frente al altar del Afon Dyfien. Es un lugar secreto que, curiosamente, todo el mundo conoce. Como cada año, el solsticio de primavera provoca a los espíritus del bosque y a los cándidos donceles y doncellas. Las piedras mágicas pronuncian discursos milenarios y la tierra se abre recibiendo el esperma primigenio de la creación. Emily se une a un vertiginoso festival de color; desnuda, libre y sin ataduras. ¿Qué saben más allá de la cordillera? ¿Acaso no es el mismo Dios el que reclama nuestra atención? ¿Acaso no somos los mismos bajo otra convención? 
     Emily se ha entregado a su destino. Mi pene ávido la ha invadido y he regado con la esencia del génesis su útero fértil.
      Un atardecer ocre, como de oro viejo, se abre paso sobre las aguas del río, sobre la piedra y las mentes abiertas.

     La noche se revela pacífica. Las sombras se diluyen sin violencia bajo la palidez de la luna y se concentran en torno a un fuego antiguo; el fulgor de los rescoldos levanta una miríada de volutas incandescentes a nuestro alrededor. Los hombres han bebido un mejunje verdoso y espeso; están ebrios. Yo apenas lo he probado, hace años que no pruebo el alcohol. 
     El jefe resurge de su interior como un ser reencarnado en deidad. Sumidos en un trance obscuro, los indígenas murmuran una endecha que se pierde en mi cerebro como un gusano infecto que devora mis neuronas. Tengo hambre. 
     Niños, no había niños. El vértigo me hace alucinar; una compaña de infantes se derrama, al son de una música ancestral, por las laderas mullidas del bosque que precede a la aldea.
     Carne viva para alimentar el alma de los impúberes. El corazón del contramaestre Gilles todavía late entre las manos del jefe cuando se lo entrega al joven de ojos verdes y mirada febril. Por un instante recuerdo de nuevo la Enciclopedia Británica. Quizás Marco Polo fuera más metódico de lo que yo pensaba.