domingo, 28 de mayo de 2017

QUEDA POCO DEL ESCRITOR

Ya queda poco de aquel escritor. O mejor dicho...de aquel aspirante a escritor que se anunciaba con la pomposidad y torpeza de un aprendiz.
Tuve la fatuidad de llamarme a escritor y me atreví a anunciarme como tal, a través de historias sin sustancia y carentes de alma.
Un escritor no es solo un contador de historias. Debe...está obligado a trasmitir sentimientos, a remover los cimientos del espíritu de aquel que se atreve a internarse en sus las diversas capas de su personalidad.
Un escritor es una cebolla. Una cebolla que el lector debe descubrir por medio de bocados salvajes. Una capa, un bocado...y así sucesivamente hasta llegar al meollo, a la sustancia verdadera de la persona. Que no es una persona, es un ente deslizante que apenas si puede configurar los parámetros de su personalidad. Porque el escritor no es una persona física, ni jurídica...es un motor.
Y yo, a pesar de haberme codeado con verdaderos escritores, no aprendí nada.
Nada de aprendí de los que de verdad conocían el oficio, y me fui llenando de vergüenza. Vergüenza que, para ocultar, cubrí de rencor e indiferencia. Tanta que cuando intenté redimirme de mi detestable conducta, ya fue demasiado tarde.
Y así perdí el camino. Me interné en senderos que conducían a lugares inhóspitos, donde mi alma se fue corrompiendo más y más y el escritor se perdía...se perdía y era incapaz de encontrar una senda luminosa.
Hasta el punto de que ya no queda nada del escritor. Apenas si me atrevo a enfrentarme con el folio en blanco. No es un simple bloqueo, las historias bullen y bullen en mi cabeza, pero el escritor no está.
Y aquí sigo...

martes, 24 de mayo de 2016

PARIS AISLADO. Apuntes

 Los afluentes convergen a ambos lados de La Gran Ciénaga. El barrio anegado por las riadas del Sena parece suspendido en un tremedal infinito; aguas viscosas que rezuman un vapor contaminante, producto de la descomposición de cientos de cadáveres en el fondo del lodo movedizo.
Sobre el borde de la isla se alza la fachada de Nuestra Señora, con sus grandes torreones derruidos por efecto de los bruscos cambios atmosféricos. La sonrisa de la única gárgola que sobrevive, como un esqueje de piedra sobre el adarve, muestra sus dientes mellados por la erosión.
La broza urbana desafía a los cuadrillas de limpiadores, que rebuscan entre los residuos más variopintos: coches destripados, antiguos vagones de tren desguazados, inauditas estructuras enrejadas formadas por miles de carros de supermercado abandonados, autobuses… Un monumento impenetrable.
La casa de Abdul está en el Barro Rojo, un barrio de la ciudad antigua asentado en el espacio donde antaño estuvo el Barrio Latino. El lodo arcilloso y permeable que se amontona en aquella parte de la ciénaga le presta su nombre. Paredes anegadas de maleza y hongos descoloridos que crecen en las grietas, como apéndices vívidos.
Componen el barrio varios callejones gremiales, donde son habituales las tintorerías y las tahonas de pan árabe. Justo a la entrada se yergue uno de los fuertes defensivos que delimitan el perímetro del distrito.
Como la mayoría de los moradores de Barro Rojo, Abdul es un veterano de guerra. El tiempo se ha cebado con él, convirtiéndole en una mole de sangre y huesos hundidos en grasa. Viejo, gordo y cascarrabias vive tras el mostrador de la botica que regenta en el Callejón de los Borrachos.
Sobre la parte posterior de la botica, Shafir dirige un almacén al pormenor que en tiempos albergó una fábrica de cerveza. Al callejón lo llaman la Calle del Lúpulo, pero tan solo se trata de un chascarrillo popular. Al igual que Abdul, es un ex combatiente. Ambos comparten un apartamento en la planta superior del edificio; Shafir accede ascendiendo por una vetusta escalera de hierro forjado y Abdul por medio del montacargas de la antigua fábrica, adosado a una de las fachadas laterales.
Junto a uno de los arcos de medio punto de la planta superior, la luz incide sobre un ingenio mecánico similar a un aparato radiotransmisor. El artefacto funciona en base a los viejos códigos de radiofrecuencia del ejército: frecuencia modulada y onda media. Ambos poseen conocimientos de robótica funcional e ingeniería de comunicaciones y construyeron la máquina con material de segunda mano adquirido en el mercado clandestino. El ingenio está compuesto por un galimatías de tubos de sonido, espectrómetros de longitud de onda y diales. A simple vista se asemeja a la maqueta de un estudiante de imagen y sonido. Nada perturbador.
El apartamento de Abdul y Shafir ofrece las mejores vistas de la ciénaga de todo el barrio. Y lo mejor es la fabulosa capacidad de recepción y emisión; los tejados del Barro Rojo y sus azoteas repletas de banderolas al viento funcionan como una inmensa antena. Abdul y Shafir lo llaman Radio Barro Rojo.
La RBR emite en frecuencia media para todo aquel que disponga de un viejo transistor, de los de antes de la guerra. El dial de los nostálgicos.
Con la caída del crepúsculo, los colores predominantes en la ciénaga varían de forma suave, tornando del morado al ocre y al pardo terroso sin solución de continuidad, como si de una visita virtual se tratara.
Los profundos ojos de Abdul no se apartan de la colmena que, en aquella hora tardía, conforman las azoteas del Barro Rojo. No puede evitar esa fascinación aturdidora. Desea volar, integrarse en una de las bandadas de aves acuáticas que subsisten en el límite del Cañaveral, al Oeste de la ciénaga…donde se puede respirar aire fresco y llegar cuesta la vida. Hacia el Este se abre una amplia extensión cubierta por la arquitectura aleatoria del Barrio Nuevo; un estrafalario conjunto de viviendas precarias a ras del suelo reseco, en la parte alta de la ciénaga. Allí se concentran los miembros de las tribus más desorganizadas. Las calles ostentan nombres como La Chancla Roída, La Navaja de Sangre o el Chancro Blanco pintados sobre muros descoloridos de ladrillo visto. Una deslustrada muestra de decadencia que algunos alaban como la Neu Paris. Al Oeste la Llanura de los Huesos. Allí, como si de la colada de un glacial se tratara, desembocan restos de viejos cadáveres. Los huesos sobresalen del suelo como agujas marfileñas apuntalando el cielo. Las riadas del Sena vomitan allí su pútrido excremento.
Abdul se remueve sobre la silla de ruedas. Percibe ruido al otro lado del pasillo. La silueta de Medusa se recorta bajo el halo de luz gaseosa proyectado desde el techo. Le hace un gesto con los dedos retorcidos por la artritis, consciente de que la contempla desde su posición. Abdul se gira de nuevo, más tranquilo. El lienzo, situado sobre un caballete a la altura de sus ojos muestra una imagen difusa. El carboncillo destila la esencia de La Gran Ciénaga en claroscuros, luces y sombras perpetrados sin mucha técnica. Cualquier puede llamarse artista en el Neu París. Y ocasiones no faltan para ello.
—Me marcho. —La voz de Medusa suena cantarina desde el vestíbulo. La puerta está abierta y una corriente húmeda se cuela desde el rellano. Se aferra al antebrazo derecho, justo donde palpita un retal de músculo injertado y adherido al mecanismo articular del codo.
—De acuerdo. —murmura Abdul, a sabiendas de que ya no puede oírle. Apunta con el pulgar a la línea del horizonte que delimita la Llanura de los Huesos. Aquel es su mundo. Más allá del espacio enmarcado por el arco de medio punto, el mundo no existe. La errática vida de un Medio Hombre.

La voz del rehabilitador suena hueca, como la de un viejo reloj despertador. El canto de un gallo cascado. Se nota que pugna por liberarse de sus complejos, intentando expresarse en una lengua que no es la suya. Medusa tarda un rato en comprender lo que quiere decir.
Siengtateaquí… —Medusa prefiere permanecer de pie. Le da una tibia sensación de seguridad. Su anfitrión la contempla extasiado.
Ganag tegnía de connocer tú —Medusa reconoce el brillo de la pasión en su interlocutor. Un rayo de sol entra por la ventana del gabinete e incide en su rostro, dejando el perfil derecho en penumbra. Lo que la luz desvela es piel escarificada, quien sabe si por cicatrices antiguas o por el paso del tiempo. La edad del rehabilitador frisa los cincuenta…o tal vez los sesenta, aunque por el silbido agudo de sus palabras bien puede tratarse de un adolescente con problemas de reafirmación.
— ¿Quiéngg eregg? —se preguntó el extraño en voz alta. — ¿Pog quégg non diges que bugcas agquí? —Eso mismo se preguntaba Medusa. Una semana antes oyó hablar a Hiba, una compañera de trabajo, de un tipo que hacía milagros con sus manos. No era un fisioterapeuta al uso…se trataba de un rehabilitador. Un tipo capaz de manejar injertos complejos, como el que suplanta la articulación de su codo. Y lo más importante, poseía la capacidad taumatúrgica de tratar las pesadillas.
El rehabilitador aparta la vista y mira a través de la ventana. Medusa observa el detalle de su perfil aguileño, terminado en una especie de aro que le atraviesa el tabique nasal. Murmura algo en otro idioma; Medusa cree percibir incomodidad…tal vez disgusto.
Quizaggg…non preparaggda per mi
La consulta del rehabilitador está ubicada en el sector norte del Chancro Blanco. El popular barrio de las prostitutas alberga los locales más concurridos del Barro Rojo. Meretrices de toda condición, dependiendo de la capacidad económica de sus clientes, trabajan en los límites del distrito dedicado al ocio masculino. La clientela es igual de variopinta; veteranos de guerra, convertidos en ineptos sexuales, frustrados solterones o inexpertos adolescentes en busca de una primera experiencia. El rehabilitador se dedica a ellas en cuerpo y alma, como una suerte de tarea redentora. Les facilita pomadas, ungüentos y otros productos necesarios para mantener a raya a las temidas infecciones de transmisión sexual. No en vano el barrio lleva por nombre Chancro Blanco.
Tenggo queg deciggteg queegg mig clientagg nog sueleng estag en el lagdo coggecto deg la leygg.
Puedo pagarte bien. —Medusa extrae, de la bola que lleva colgada en el cinto, un puñado de monedas de oro. Los bordes desgastados y corroídos por el óxido indican que durante mucho tiempo estuvieron bajo el lodo de la ciénaga.
—Limpiadoggees... Su oggo no me vaggle. —Está claro que el rehabilitador no es un negociador. No entiende de porcentajes si no de proyectos y de la ética de los mismos. Medusa nota que su interés se desvanece por momentos, como si el oro oliera a mierda. Se encoge de hombros y se dispone a marcharse. No puede permitirse perder el tiempo. Sin querer, se lleva la palma de la mano a la parte metálica del injerto muscular que recubre su antebrazo izquierdo.
— ¿Quégg pagsogg? —En un instante, se hace visible cierta emoción en el rehabilitador, en el tono de sus palabras, en su gesto ceñudo al adelantar el cuerpo tras la mesa del gabinete. Un rostro duro, surcado por profundas estrías. Una máscara, al parecer humana.
Medusa se piensa la respuesta. Tiene que hacer un esfuerzo por rehacer el quebrado paisaje de su memoria. No ha transcurrido tanto tiempo, y sin embargo el mapa mental de su vida sugiere un precario equilibrio entre el pasado y el presente. Hechos dolorosos que se encuentran cómodos en la frontera entre lo duradero y lo pasajero.
—La guerra. —contesta con frialdad. Decide economizar sus palabras. No es tiempo de explicaciones.
Coggmo ag togdog. —aduce el rehabilitador. El Barro Rojo está repleto de veteranos de guerra. Mutilados rehechos con materiales reciclados. Kilos y kilos de carne tumefacta y huesos astillados. La argamasa del dolor.
Medusa desvía la mirada y contempla como un vagón de teleférico sobrepasa el zumbido peculiar. Un transporte de policía de distrito sobrevuela el Chancro Blanco en busca de delincuentes menores o proxenetas; oscila y voltea sobre los edificios achatados, como si olisqueara. Una vez conforme, levanta la pronunciada proa en forma de hocico de tiburón y reemprende el vuelo hacia el sur, siguiendo la estela de una avenida flanqueada de lupanares y tabernas.
¿Queg buggcagg aquigg? —interroga de nuevo.
—Quiero borrar la memoria de mi cerebro. —confeso al fin. Mueve el brazo y el artilugio que suplanta la articulación emite un chirrido. —Y de paso arreglar esto. Es una mierda. —El rehabilitador contempla dolorido el injerto de músculo. Las marcadas estrías musculares, como surcos de carne viva, rezuman aceite procedente de los precarios engranajes. Una chapuza. Una de tantas.
¿Tienegg pejadillagg? —Más que una pregunta, el rehabilitador silba de satisfacción.
—Sueño con la guerra…con niños. —solloza Medusa, incapaz de contener la excitación que le provoca el dolor.
¿Y te dueleegg? —Por un momento da la sensación de que se regodea en su sufrimiento. Medusa se sorbe los mocos y emplea la mano para sonarse los mocos. Siente que las mejillas le arden y le escuecen los ojos.
—¡Siiii! ¡Maldita sea, siiii! ¡Me dueleee! —reconoce, mientras intenta espantar la realidad haciendo aspavientos con los puños cerrados.
El dologg egg buenogg. Humagna egegg. —El rehabilitador parece fatigado. El silbido se convierte en una aspiración en el interior de su garganta reseca. Se sienta de golpe y su cuerpo se hunde en la penumbra, como se disipa el humo.
—No quiero sufrir más. —En realidad no piensa en ella. Piensa en Abdul, sentado en su chatarra con ruedas, y en su pene flácido incapaz de proporcionarle el alivio físico que necesita para reventar el dique de ansiedad que les paraliza. —Quiero vivir. Quiero el pasado. —Sin darse cuenta desliza la mirada a través de la ventana. El teleférico se cimbrea bajo el cable de acero. Es un diminuto punto a lo lejos, bordeando los tejados. Sus ojos se clavan en el curso lodoso del Sena. Una barcaza se desliza pesarosa en mitad del cauce. El barquero actúa con suma pericia y consigue evitar un remolino perchando hacia la orilla de estribor. A pocos metros de allí un sonido ronco estremece el aire; las ondas sísmicas se notan bajo los precarios cimientos del Chancro Blanco y provocan una sinuosa ondulación en el lodo cremoso que se adhiere a las orillas. Un sector de torreón de Nuestra Señora se derrumba. En pocos segundos el barro de la ciénaga se traga los pedazos de argamasa desgastada. Como su vida, reflexiona Medusa. Como las vidas de todos en París Aislado.





























Shafir se muestra nervioso, o más bien emocionado. Abdul, sin embargo, no entiende bien a qué viene tanta historia. Medusa los convocó a ambos, en principio para tomar unas birras en La Taberna de La Rata, aunque lo perentorio de su tono e incluso la vibración trémula de sus palabras les hace sospechar que algo inaudito está a punto de ocurrir. Hablaron de ello por el camino mientras vadeaban la ciénaga a bordo de un vagón del teleférico. Al otro lado se extienden calles con nombres tenebrosos, como La Rata Trenzada o El Callejón de los Maníacos. Sus habitantes son, en su mayoría, delincuentes de baja estofa y camellos que comercian con Cristal Lóbrego; la droga de los sueños. La vida en las sombrías parideras de la Rata Trenzada es nocturna, y solo en esas horas crepusculares se puede palpar el ambiente viscoso de un ecosistema en permanente peligro de extinción.
El tugurio está medio vacío. Un par de yonkis dormitan en silencio, envueltos en una nebulosa de polvo en suspensión. En el interior el espacio es angosto, aunque aún quedan unas horas para que el bullicio empuje a los tardones a la entrada del local. Un celador obtuso, tuerto y mal encarado, vigila la puerta. Medusa le saluda y este le franquea el paso. Es clienta habitual desde hace años; muchos de los moradores desesperados de El Callejón de los Maníacos fueron compañeros de armas durante la guerra. Aquel es su punto de encuentro.
Dos de aquellas sombras durmientes son Abdul y Shafir. Ambos beben cerveza en silencio. Tras el mostrador espera la amenazadora mole de Bigas, el tabernero de La Rata Trenzada. Al percatarse de su presencia hace un gesto con la enorme cabeza, árida y brillante de sudor. Permanece encajonado entre pilas de cajas en precario equilibrio y estantes repletos de bebedizos inmundos.
—Una birra.
Bigas sirve una jarra rebosante de espuma. El líquido oleaginoso se desliza por la garganta reseca de Medusa. Le da fuerzas para encarar el encuentro con Abdul y Shafir.
Se separa del mostrador y se aproxima al rincón en penumbra donde aguardan sus colegas.
Pasaron largo rato departiendo. Medusa les narró con todo lujo de detalles los pormenores de su encuentro con el rehabilitador y sus intenciones al respecto. Abdul no daba crédito.
—¿Estás loca? ¿Cómo se te ocurre ponerte en manos de uno de esos chamanes del Chancro Blanco? —Shafir ha oído hablar de tipos como el rehabilitador. Druidas...brujos en realidad, que se sumergen en las profundidades de la psique amasando y estrujando los sueños y pesadillas.
Los interrogantes planteados por Shafir crean una sutil combinación de reacciones. Medusa sabe que no le falta razón, que el peculiar derrotero de sus planes la puede conducir a una horrísona trayectoria...a un destino impredecible.
—Vamos a colocarnos. —Es lo único que se le ocurre para despejar el camino de pensamientos angustioso. —Seguro que Bigas tiene una buena cantidad de cristal en la trastienda. —Como si las palabras de Medusa circularan a lomos de una corriente de aire, Bigas se mueve con inaudita rapidez y se pierde en la habitación contigua. Al poco sale con una bolsita de cuero oculta entre las manos.
Acepta el oro podrido de los limpiadores. Carece de los prejuicios morales del rehabilitador. El oro es el oro...aunque huela a mierda.
El aire en el interior de La Rata Trenzada es húmedo y fosco. El agudo chirrido de las sirenas anuncia el fin de la exhaustiva jornada laboral en las fábricas del Distrito Industrial. El núcleo fabril de París Aislado, donde se construyen tanto vagones para surtir la empresa municipal de teleféricos, como todo tipo de artefactos que suplen la falta de los añorados electrodomésticos de la era contemporánea. Los clientes, en su mayoría obreros, no tardarán en abarrotar las tabernas con su retahíla de improperios y chascarrillos malsonantes. Medusa les insta a apurar sus birras. No quiere permanecer allí por mucho tiempo más. Shafir le indica que tienen una conversación pendiente. El asunto del rehabilitador le inquieta. Abdul, sin embargo, no ha dicho ni una palabra al respecto, como si intuyera su porcentaje de culpa en la decisión de Medusa. Se le nota incómodo, como si flotara sobre el asiento de cuero desgastado del artilugio con ruedas.
Regresaron al apartamento del Barro Rojo. El vagón de teleférico sorteó el vado principal de la ciénaga, sobre la Isla de La Cité y la Llanura de los Huesos. Flanqueó la fachada occidental de Nuestra Señora, con sus gárgolas desdentadas y torreones de argamasa pendientes de un arnés de láminas de hierro corrugado, para descender con suavidad hasta la marquesina de la aguada secundaria. Descendieron a trompicones y se cruzaron con un grupo de ferrallistas. Parecían alegres después de la jornada laboral. Con toda probabilidad se dirigían a alguno de los garitos entre La Rata Trenzada y el Callejón de los Maníacos. Otros tal vez preferirían pasar el rato con alguna prostituta en El Chancro Blanco. Cuestión de gustos. Parecían demasiado ensimismados para prestar atención al peculiar trío.

Medusa escolta a Abdul hasta el montacargas. No llevan precisamente un buen día y el silencio entre ambos es espeso. La culpa es como una losa...mejor una lápida, que los separa. El breve trayecto hasta la planta superior no consigue que las perspectivas mejoren. Tal vez, después de un par de meterse un par de rocas de Cristal Lóbrego se diluya la cremosa reticencia.
Cuando llegan al apartamento, Shafir ya se ha puesto cómodo. Descalzo y en calzoncillos es ajeno al pudor. Sus músculos bien desarrollados a pesar de la pereza genética de su carácter son un atractivo visual que Medusa no está dispuesta a desperdiciar. Solo eso. Shafir es un ser andrógino, tal vez homosexual, aunque no lo muestra abiertamente. Al menos Medusa nunca le ha visto en compañía de mujeres. Y no será por la falta de interés de alguna de sus compañeras...Hiba, sin ir más lejos, que bebe los vientos por él.
Coloca en disquetera un viejo CD de David Bowie y suenan por toda la habitación los acordes de Starman. Shafir salta sobre la punta de sus pies, extasiado con la música igual que una bailarina.
—¿No te habrás metido todo el cristal, verdad? —Medusa intenta mostrarse inflexible, pero lo cierto es que la actitud de Shafir la ha puesto de buen humor. Tanto que se permite deslizar la punta de los dedos entre los rizos que adornan el cogote de Abdul. Nota bajo la epidermis como se tensan sus músculos. Tal vez....piensa, Medusa...tal vez hoy. Aunque prefiere no hacerse demasiadas ilusiones.
Mientras Abdul se pone cómodo en el dormitorio que comparten, Medusa se mete en la cocina y prepara una ensalada de frutas. Algo ligero para cenar. El colofón lo pondrá la ginebra seca de contrabando que guarda en uno de los aparadores y un buen pedazo de cristal. Solo piensa en abandonarse a sus instintos.
Beben ginebra y se ponen ciegos de cristal. Abdul, desparramado en el suelo, lejos del refugio que supone la silla de ruedas, gime y aletea con los brazos, como si de este modo pudiera incorporarse. Toda la planta superior e incluso la plataforma que rodea el almacén y la botica están inundados por una sucesión de sonidos que colisionan unos con otros provocando un chirrido que se desplaza en el aire.
Shafir, ajeno al bullicio de la música y los gañidos emitidos por Abdul desde el suelo, permanece apático en un rincón. La energía desatada tras consumir el Cristal Lóbrego se disipa, los músculos se relajan y constriñen de forma alternativa y los surcos cerebrales se abren profundos a las pesadillas más tenebrosas.

Medusa se asoma a la barandilla del edificio en ruinas. A su alrededor las explosiones se suceden cada vez más cercanas, cada voz con mayor violencia. Siente que le arden las mejillas, azotadas por el viento candente que arrojan las llamaradas. El fuego devora los cimientos y por doquier asoman vigas ennegrecidas por el humo. Tiene miedo. La milicia avanza entre los escombros. La cacería no cesa. Un zeppelín, barrigudo y prepotente, flota sobre los tejados vertiendo haces luminosos sobre los tejados, iluminando el teatro de operaciones. De repente, un proyectil penetra su piel tersa repleta de helio. El impacto provoca una bola de fuego que oscila en el aire hirviendo antes de derrumbarse sobre los restos del edificio más cercano. El sordo estruendo ahoga los gritos de dolor. Medusa tiembla. La milicia avanza.

El Cristal Lóbrego interactúa con el cerebro, transformando las conexiones nerviosas en callejones de agua sin salida. Los recuerdos fluyen como pulsos intermitentes que anegan los canales de la cordura. Medusa se retuerce; el cristal de Bigas es bueno...el mejor. Los recuerdos de Medusa se reducen a un paisaje urbano desolado. Una ciudad infrahumana, habitada por seres que se ocultan en cloacas apestosas, mientras en la superficie la guerra vibra con todo su estertor. Allí conoció a Abdul, cuando todavía no era Medio Hombre.

Abdul puede ver gente corriendo, luchando en el intrincado laberinto de ruinas. El fuego le persigue y él huye trepando por una escala clavada en la pared. Es un precario sistema de atalayas prefabricadas por la resistencia. Permite ascender de una planta a otra evitando las escaleras ruinosas al borde del colapso. Allá donde mira las explosiones devoran toneladas de hormigón convirtiéndolas en arenisca. Asciende a un techo voladizo y se tumba boca abajo. Recupera el resuello poco a poco. Sobre el horizonte contempla la lucha descarnada entre un helicóptero y un transporte de tropas. La lucha prosigue y se desplaza sobre las azoteas, con sus banderolas de clan al viento, devoradas por los incendios o agujereadas por la metralla. Una explosión repentina y todo se vuelve negro. No siente dolor, solo vacío.

La resaca del colocón de Cristal Lóbrego es brutal. Medusa se siente como una borracha comatosa. Se descubre desnuda, rodeada por la fetidez del orín y los excrementos resecos. Esta todo hecho una porquería. Basura y vómitos esparcidos por la sala de estar. Abdul es un guiñapo famélico arrojado sobre su propia mierda. Shafir sigue inane, inapetente, tambaleante, vagando por la habitación y esquivando como puede los muebles. Medusa no puede evitar pensar que los tres son como niños sin hogar. Desvalidos.
El cristal sirve para metabolizar el conflicto entre las pesadillas y la realidad. Aunque no siempre causa efectos beneficiosos. Los efectos adversos abundan, y siempre hay quien, lejos de sumirse en el sopor tranquilizante de la evacuación psíquica, se desvanece en las miasmas de la locura. Suicidas y homicidas florecen en la noche de los barrios más allá del Barro Rojo. Una ciudad nacida de conflictos y gobernada por reglas diferentes. Un tumor maligno repleto de pus.

Medusa quiere huir. La piel escarificada del rehabilitador se refleja en el espejo del cuarto de baño. Pero es ella, enfrentándose a la realidad.