domingo, 28 de mayo de 2017

QUEDA POCO DEL ESCRITOR

Ya queda poco de aquel escritor. O mejor dicho...de aquel aspirante a escritor que se anunciaba con la pomposidad y torpeza de un aprendiz.
Tuve la fatuidad de llamarme a escritor y me atreví a anunciarme como tal, a través de historias sin sustancia y carentes de alma.
Un escritor no es solo un contador de historias. Debe...está obligado a trasmitir sentimientos, a remover los cimientos del espíritu de aquel que se atreve a internarse en sus las diversas capas de su personalidad.
Un escritor es una cebolla. Una cebolla que el lector debe descubrir por medio de bocados salvajes. Una capa, un bocado...y así sucesivamente hasta llegar al meollo, a la sustancia verdadera de la persona. Que no es una persona, es un ente deslizante que apenas si puede configurar los parámetros de su personalidad. Porque el escritor no es una persona física, ni jurídica...es un motor.
Y yo, a pesar de haberme codeado con verdaderos escritores, no aprendí nada.
Nada de aprendí de los que de verdad conocían el oficio, y me fui llenando de vergüenza. Vergüenza que, para ocultar, cubrí de rencor e indiferencia. Tanta que cuando intenté redimirme de mi detestable conducta, ya fue demasiado tarde.
Y así perdí el camino. Me interné en senderos que conducían a lugares inhóspitos, donde mi alma se fue corrompiendo más y más y el escritor se perdía...se perdía y era incapaz de encontrar una senda luminosa.
Hasta el punto de que ya no queda nada del escritor. Apenas si me atrevo a enfrentarme con el folio en blanco. No es un simple bloqueo, las historias bullen y bullen en mi cabeza, pero el escritor no está.
Y aquí sigo...